Al menos, para los economistas. Durante años, los de nuestra calaña nos habíamos habituado a permanecer ocultos en nuestras madrigueras, a esconder nuestro rostro tras un ordenador, a encogernos de hombros y fingir en las reuniones,y a acreditar, cuando hemos sido descubiertos, la inutilidad y nula vocación de nuestros estudios.
—Pues yo soy médico.
—No me digas. Yo, ingeniero de caminos, ¿Y tú?
—Bueno…yo… trabajo en un banco.
—…
El silencio recorría la conversación, las miradas caían al suelo y la situación exigía una disculpa inmediata que, lejos de enterrar la sospecha, certificaba nuestra incapacidad y fracaso social.
—No es culpa mía, entendedlo. A mí lo que realmente me gustaba era la arquitectura.
“El que vale, vale; y el que no a empresariales” ha sido chanza continuada desde los años de la facultad. Sin embargo, la situación ha cambiado. La mal llamada crisis ha sacado a los economistas de sus escondrijos: Hoy frecuentan a todas horas programas televisivos de audiencia, se les cede un asiento en los cafés, se les invita a escribir en los periódicos; incluso, a hacer blogs.
—Os pasa como a los médicos; solo se acuerdan de nosotros cuando llega la enfermedad.
—¿Ahora te pones condescendiente? Aparta esa mano de mi hombro.
En los bares se sigue la evolución del mercado interbancario con el mismo fervor que la Champion League, y el tabernero esconde bajo la barra un ejemplar de El Expansión mientras asegura a los parroquianos que el Banco Central Europeo debería bajar los tipos de interés. Y lo hace con la misma convicción con la que ayer insultaba a Schuster por no sustituir a Raúl.
Pero la realidad es que pocos asuntos tienen en nuestra vida presencia tan manifiesta como la economía. Trabajamos porque queremos cosas. Se nos paga, y continuamente estamos obligados a tomar decisiones con respecto al dinero: Ahorrar, gastar, invertir...Toca votar y los políticos nos hablan de déficit público, inflación, comercio exterior, impuestos, balanza de pagos, y se nos conmina a decidir, bajo amenaza de nuestros empleos, con unos supuestos la mayoría de las veces dicotómicos: “La inflación es mala”; “el déficit público es malo, pero el comercio exterior es bueno…”. Y, sin embargo, ¿Es eso siempre cierto? ¿Es, por ejemplo, siempre mala la inflación?
—La inflación es como la fiebre. Además, quería aprovechar para decir que la economía es como la medicina: las enfermedades se gestan en periodo de salud.
—Sí, vale, déjalo. Mira: un paciente. Por allí. Corre, que se escapa.
Es cierto que la economía dista mucho de ser una ciencia exacta. Impregnada de relativismo, se acerca más a la filosofía o a las teorías del caos: Cualquier decisión sobre política económica deviene en efectos absolutamente imprevisibles. Reconozcámoslo: El economista es un tipo que juega a hacer quinielas. Sin embargo, eso no quita que los fundamentos económicos principales sigan hoy vigentes, y que de alguna forma sea útil su conocimiento a la hora de tomar nuestras pequeñas decisiones diarias y de comprender algo mejor la realidad que nos rodea. Por qué las cosas pasan de esta manera y no de otra.
Economía de letras nace con ese humilde propósito: Desmenuzar la economía, la actualidad y sus fundamentos, ofrecer cierto punto de vista sobre esas decisiones que sobrevuelan sobre nuestras cabezas de una forma didáctica y entretenida: Ya veremos cómo sale. De momento,
sed bienvenidos.
—Por cierto, ¿Dónde se ha metido el ingeniero de caminos?
—¿Quién?
—El del principio.
—Tenía que ir a sellar la cartilla del INEM.
—Ya me parecía a mí.