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EconomíaDeLetras: blog de Jorge García Santos

Escuela De Letras

Toda frase breve acerca de la economía
es intrínsecamente falsa. Incluida esta.
Alfred Marshall

El arte de hacer dinero sin dinero


Por: Jorge García Santos
26 Nov 2008 17:29:24
Blog
Los que me conozcan sabrán que no soy demasiado aficionado a banderas ni a himnos nacionales. Por eso me preocupa más bien poco si el 29,9% de Repsol se vende a una compañía rusa, francesa o de Chiquitistán. A quien ve la operación como una bajada de lanzas, como otra Cuba perdida, ¿Recuerdas cuando en el sector energético español no se ponía el sol?, conviene recordarle que Repsol es una compañía privada y, como tal, pertenece a sus accionistas. Sobre ellos debería recaer la decisión. Ya, argumentan algunos, pero es que estamos hablando de un sector estratégico. Bien. Si se tratara realmente de un sector estratégico, Repsol debería haber sido siempre una empresa pública, no debería haber buscado nunca financiación en bolsa (donde cualquier enemigo de la patria puede hacerse siempre con un paquete de acciones singular). Pero España no se caracteriza precisamente por sus pozos de petróleo o de gas, ni Repsol ha servido nunca como regulador de precios en épocas inflacionistas ni como instrumento estatal de ningún tipo. De estratégico, nada. Su objetivo, como tantas otras compañías privadas, consiste en sobrevivir y enriquecer por el camino a sus accionistas. Si de verdad se trataba de un sector estratégico, que lo hubieran pensado antes.

El debate de rancio patriotismo, como les digo, no me preocupa lo más mínimo. Lo relevante de esta operación reside en la génesis misma y en sus formas. Para explicarlo haré un poco de historia: En el año 2006, Sacyr decide invertir 5.175 millones de euros en adquirir el 20% de la compañía Repsol. No voy a entrar en las razones que llevan a una promotora inmobiliaria, que se supone se dedica a construir casas, a hacer un movimiento de esa índole. Ellos lo llamarían posicionamiento, estratégico también, o diversificación del riesgo de sus activos. Algo así, probablemente. especialmente si se tiene en cuenta que para realizar esa inversión no soltaron un duro, sino que financiaron la operación en su totalidad a través de un conjunto de banco. La operación la garantizaban las propias acciones. Sí, como lo oyen.

El asunto funciona de la siguiente manera: Supongamos que Vd. se ha encaprichado de cualquier activo de alta volatilidad (ni siquiera hablemos de un inmueble) que ese día vale, pongamos, 10. Como Vd. no tiene dinero, o lo tiene pero invertido en otros sitios muy lejanos, acude al banco, quien le presta los 10 sin rechistar con el aval del propio activo. Si mañana, imaginemos, vale 15 todos contentos: Vd. habrá ganado 5, menos los intereses correspondientes del préstamo, que supondrá a su vez la ganancia del banco. Pero si resulta que pasado el activo baja su valor a 5, no se preocupe, que tampoco habrá perdido nada. Le bastará con acudir de nuevo al banco y decir que ya no lo quiere y que no puede pagar la deuda. Como el activo garantizaba la operación, el banco se queda con el activo que ahora vale 5 y con la deuda de 10. Se vuelve a casa tan tranquilo, la operación le habrá costado tan sólo los intereses del tiempo transcurrido. El problema, en todo caso, será ahora del banco.

Este tipo de operaciones, inalcanzables sin embargo para cualquier mortal que quisiera hipotecar un piso, han sido más comunes en los años de bonanza, especialmente entre el sector promotor, y de alguna forma son ejemplarizantes a la hora de explicar parte del problema financiero actual. A nadie se le ocurrió pensar que esos activos podían valer mañana 5 y no 15. Las promotoras, con la connivencia de bancos y cajas, financiaron suelos y viviendas con el único aval de la confianza, de que todo lo construido se iba a vender por la simple razón de que la anterior promoción se había vendido. Se le dio la vuelta al rezo, de repente se convirtió en “rentabilidades pasadas aseguran rentabilidades futuras”. Se hacía dinero sin poner dinero, se miraba a otro lado si se hablaba de cuestiones tan básicas como la ley de la oferta y la demanda, el valor, o el riesgo. Pero un buen día ha pasado lo que viene pasando históricamente, y los unos y los otros se han visto sorprendidos y entrampados en su propia codicia. ¿Recuerdan el mensaje con que a los políticos se les llenaba la boca?: Crecimiento sostenible, decían. Se renunciaba así a años de historia económica cíclica. Se caía de nuevo en el error. El crecimiento sostenible fue entendido como enriquecimiento ilimitado.

Pero eso es el pasado. Lo que está ahora en juego con la venta de Repsol es la reacción del sistema financiero ante los errores cometidos. Lukoil, la compañía rusa, pretende hacer el mismo movimiento que en su día Sacyr. Asumir la deuda de 5.175 millones de euros que tiene la inmobiliaria con los bancos por el 29,9% del capital de Repsol (más del 20% que tenía Sacyr, puesto que las acciones valen menos). Lukoil también exige que la garantía del préstamo sean las acciones. Pretende guardarse las espaldas y asegurar su salida, si siguen viniendo mal dadas, sin coste alguno. Los bancos piden, ahora sí, elevar las garantías. Ahí está el escollo que está dificultando la operación. Aunque es una política de mínimos resulta alentador. Pero no las tengo todas conmigo. La posición del gobierno no debería residir en si se vende o no una compañía española a los rusos, sino en las garantías que estos ofrezcan y en las responsabilidades que asuman. En cuestiones de economía, como en cualquier ámbito de la vida, uno se obliga con responsabilidades. El riesgo forma parte de cualquier juego. Pero la responsabilidad es también un valor a la baja; me consta. Aún así, de eso estamos hablando y no de falso patriotismo. Lo que pase finalmente, está por ver.

Categoría : Opinión | © Jorge García Santos

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