En 1.971, en plena crisis del petróleo, a un tipo llamado Hanks Beck su empresa le hace un encargo: Ahorrar costes en los materiales fabricando productos más pequeños. En los años cincuenta, dicha empresa había tomado la decisión de cambiar su estrategia: Cambió la fabricación de productos de metal (teléfonos, cajas registradoras…) por el plástico. Dentro de su línea de productos figuraban juguetes como coches o el hula-hoop.
Lo que Hank Becks hizo finalmente fue crear una auténtica revolución: Playmobil o, como se conocieron en España, los clicks de Famóbil.
Por si hay algún despistado que no los conozca, los clicks eran (Aunque se siguen fabricando, permítanme la descripción en pasado, ya que pertenece a mis recuerdos) unos muñecos pequeños, sin codos ni rodillas, cuyos miembros, incluida cabeza, eran fácilmente amputables. Tenían unas manos en postura pretenciosamente onanista, útiles sin embargo para acoplarles perfectamente desde pistolas, altavoces de policía, espadas, cubos de basura, herramientas de trabajo y, en general, cualquier instrumento de reconocida utilidad. Además, abarcaban todos los ámbitos sociales: Había indios, vaqueros, albañiles, inquisidores, caballeros templarios, ejecutivos, piratas, mendigos, burgueses, funcionaros públicos.
De tal guisa, mis horas de juego consistían en que un galeón pirata comandado por un ejército de bomberos abordaba la calle principal de un poblado vaquero (con saloon incluido) donde el sheriff era un caballero medieval armado con lanza de justa. Mientras, en el castillo medieval (habitado, por supuesto por los piratas que me sobraban) y defendido por policías de asalto apostados en las almenas eran sitiados por coches de bomberos y ambulancias. Pura posmodernidad, vaya.
En aquellos primeros juegos también coseché mis primeros fracasos. De nada sirvió extirparle a un Renault cinco del scalextric, el motor y las ruedas y adherirlas al barco pirata para que surcara el pasillo con más fluidez. Tampoco conseguí automatizar el muelle que disparaba el cañón del barco. Dos años más tarde vendría mi cargador de pilas solar, compuesto por una caja metálica, un imán (no recuerdo qué lógica usé para incluirlo) y un par de cables. Y en el olvido quedó mi diseño de un robot de madera. Y lo peor, lo que me va en ello, es que como treinta años no es nada aquella forma de jugar en mi niñez se fue convirtiendo en costumbre.
Hanks Beck murió la semana pasada. Reconozco que desconocía su existencia hasta la aparición de la noticia. Jamás me había preguntado quién se encontraba detrás de uno de los principales juguetes de mi niñez. Su imaginación, su éxito (además de icono para millones de niños, hoy en día sigue siendo líder en ventas) y la crisis del petróleo me proporcionó, además de horas de imaginación, mis primeros e imprescindibles fracasos. Justo hasta hoy, hasta una nueva crisis. ¿Jugamos?