El señor Bush ha demostrado por fin que su condición de auténtico pistolero tejano servía para algo: Su rapidez y reflejos le evitaron hace un par de días la despedida más humillante que haya tenido un presidente en la historia de los EEUU. ¿La rebaja de tipos de la reserva federal al 0%? No, claro que no. Hablo de los famosos zapatos. Que hayan sido precisamente unos zapatos lo que le arrojaran a Bush y no cualquier otra cosa no es asunto baladí. El zapato en la cultura árabe, como en muchas otras, es la prenda más sucia, la que permanece en contacto continuo con las impurezas terrenales; de ahí que sea obligatorio descalzarse al entrar en casas o en lugares religiosos. Qué cosas: Seguro que si les digo que imaginen al Sr. Bush recostado en el despacho oval, con sus botas puntiagudas con espuelas encima de la mesa presidencial, a todos se les haría verosímil la imagen. Pues eso.
Mientras tanto, estos días aquí en España, unos cuantos también protestan. Protestan al gobierno de Zapatero porque este fin de semana ha nevado. De nada sirvieron los avisos durante toda la semana anterior de que no se viajara si no era imprescindible y que, en caso de que lo fuera, los automovilistas se ataviaran con el necesario juego de cadenas. Qué agoreros y pesados son estas autoridades, dijeron, y se lanzaron en masa a las carreteras de montaña. Sin cadenas, por supuesto. Y ahora, claro, viene la pataleta y la exigencia al gobierno para que se les paguen los daños y perjuicios que acarreó su propia irresponsabilidad.
Y es que la responsabilidad no es plato de buen gusto en esta sociedad del bienestar. El ciudadano que paga impuestos considera que tiene derecho a hacer lo que le venga en gana, aunque haya sido prevenido. Y en caso de que la cosa salga mal, el estado debe estar disponible y a su servicio para cuando caiga.
Pongamos un ejemplo: A estas alturas todo el mundo debería estar prevenido de que nadie vende duros a pesetas, ¿Verdad? Pues no. Ahí tenemos el último caso, el de Bernard Madoff, ese tipo norteamericano que ha dejado la patriótica picaresca española, liderada en los últimos años por gente como Antonio Camacho (caso Gescartera), a la altura del tocomocho de Tony Leblanc en Los Tramposos, aquella inolvidable película de Ozores.
Lo que Madoff ha demostrado es que la capacidad de dejarse estafar no guarda relación con el conocimiento de los mercados o el nivel cultural. La codicia es algo universal, que trasciende categorías. Madoff ha estafado a empresarios millonarios y a empresas financieras de primera línea con el truco más viejo del mundo: Vender duros a pesetas. En economía hay una máxima: Ganancia y riesgo van inevitablemente de la mano. Sin embargo, hay quien todavía se deja convencer ante las promesas de altas rentabilidades “garantizadas”, es decir sin riesgo ninguno.
Mientras los inversores de Madoff recibían sus magras rentabilidades, financiadas únicamente con el dinero invertido por los nuevos pardillos, a ninguno se le ocurrió preguntar qué tipo de alquimista se escondía detrás de aquello, en qué piedra filosofal se invertía su dinero. Pero cuando la cosa se descubre, ¡Ah, amigos!, entonces se mira al gobierno, se protesta, se le pide explicaciones y se exige además que se les restituya su codicia.
Es el mismo caso que vivimos hace algunos años en España, con Afinsa y Forum filatélico. Yo conocí a algunos inversores que se vanagloriaban de lo listos que eran, te miraban por encima del hombro por obtener inversiones “garantizadas” superiores a cualquier media del mercado. Y no entendían cómo tú no les imitabas, por qué no te subías a su selecto carro. Pero cuando la cosa se torció salieron a la calle a protestar. Por aquel entonces, recuerdo, mi cabreo fue mayúsculo. Desde mi posición me erigí en voz activa exigiendo al gobierno que no pagara con mis impuestos la codicia de aquellos tipos que hasta hacía dos días eran mucho más listos que yo y que ahora se presentaban a la sociedad como indefensas gallinas desplumadas. Pero en realidad, lo único que exigían era irse de rositas, con todo el dinero invertido devuelto y la escandalosa rentabilidad ganada en los años anteriores bajo el brazo. Nada se habló de que pagaran su irresponsabilidad. Aquella vez, el gobierno cedió y, desde mi punto de vista, hizo un flaco favor a los principios morales y equitativos, a las reglas de riesgo-beneficio en los que se basa el libre mercado.
Esos que protestaron entonces, son los mismos que han salido este fin de semana sin cadenas a cruzar puertos nevados. Son los mismos que son tan listos como para creer que alguien vende duros a pesetas, los mismos que llegan a casa y se recuestan satisfechos poniendo sus botas encima de la mesa. Como Bush tampoco saben de dónde les vendrá el zapatazo, pero qué mas da. Siempre habrá una señora de la limpieza llamada gobierno, dispuestos a dejarles de nuevo la mesa como los chorros del oro. Yo, mientras tanto, también me dispongo a protestar. De hecho, ya me he descalzado: Aviso a navegantes.