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        <title>EconomíaDeLetras.com</title>
        <link>http://www.economiadeletras.com</link>
        <description>myBloggie - Open Source Weblog</description>
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            <title>Juegos en crisis</title>
            <link>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=8</link>
            <pubDate>11 Feb 2009 06:00:07 pm GMT +1</pubDate>
            <category>Actualidad</category>
            <guid>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=8</guid>
            <description>[imgl]http://www.economiadeletras.com/imagenes/clic-de-playmobil.jpg[/imgl]En 1.971, en plena crisis del petróleo, a un tipo llamado Hanks Beck su empresa le hace un encargo: Ahorrar costes en los materiales fabricando productos más pequeños. En los años cincuenta, dicha empresa había tomado la decisión de cambiar su estrategia: Cambió la fabricación de productos de metal (teléfonos, cajas registradoras…) por el plástico. Dentro de su línea de productos figuraban juguetes como coches o el hula-hoop.
Lo que Hank Becks hizo finalmente fue crear una auténtica revolución: Playmobil o, como se conocieron en España, los clicks de Famóbil.

Por si hay algún despistado que no los conozca, los clicks eran (Aunque se siguen fabricando, permítanme la descripción en pasado, ya que pertenece a mis recuerdos) unos muñecos pequeños, sin codos ni rodillas, cuyos miembros, incluida cabeza, eran fácilmente amputables. Tenían unas manos en postura pretenciosamente onanista, útiles sin embargo para acoplarles perfectamente desde pistolas, altavoces de policía, espadas, cubos de basura, herramientas de trabajo y, en general, cualquier instrumento de reconocida utilidad.  Además, abarcaban todos los ámbitos sociales: Había indios, vaqueros, albañiles, inquisidores, caballeros templarios, ejecutivos, piratas, mendigos, burgueses, funcionaros públicos. 

De tal guisa, mis horas de juego consistían en que un galeón pirata comandado por un ejército de bomberos abordaba la calle principal de un poblado vaquero (con saloon incluido) donde el sheriff era un caballero medieval armado con lanza de justa. Mientras, en el castillo medieval (habitado, por supuesto por los piratas que me sobraban) y defendido por policías de asalto apostados en las almenas eran sitiados por coches de bomberos y ambulancias. Pura posmodernidad, vaya. 

En aquellos primeros juegos también coseché mis primeros fracasos. De nada sirvió extirparle a un Renault cinco del scalextric, el motor y las ruedas y adherirlas al barco pirata para que surcara el pasillo con más fluidez. Tampoco conseguí automatizar el muelle que disparaba el cañón del barco. Dos años más tarde vendría mi cargador de pilas solar, compuesto por una caja metálica, un imán (no recuerdo qué lógica usé para incluirlo) y un par de cables. Y en el olvido quedó mi diseño de un robot de madera. Y lo peor, lo que me va en ello, es que como treinta años no es nada aquella forma de jugar en mi niñez se fue convirtiendo en costumbre.

Hanks Beck murió la semana pasada. Reconozco que desconocía su existencia hasta la aparición de la noticia. Jamás me había preguntado quién se encontraba detrás de uno de los principales juguetes de mi niñez. Su imaginación, su éxito (además de icono para millones de niños, hoy en día sigue siendo líder en ventas) y  la crisis del petróleo me proporcionó, además de horas de imaginación, mis primeros e imprescindibles fracasos. Justo hasta hoy, hasta una nueva crisis. ¿Jugamos?</description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>[imgl]http://www.economiadeletras.com/imagenes/clic-de-playmobil.jpg[/imgl]En 1.971, en plena crisis del petróleo, a un tipo llamado Hanks Beck su empresa le hace un encargo: Ahorrar costes en los materiales fabricando productos más pequeños. En los años cincuenta, dicha empresa había tomado la decisión de cambiar su estrategia: Cambió la fabricación de productos de metal (teléfonos, cajas registradoras…) por el plástico. Dentro de su línea de productos figuraban juguetes como coches o el hula-hoop.
Lo que Hank Becks hizo finalmente fue crear una auténtica revolución: Playmobil o, como se conocieron en España, los clicks de Famóbil.

Por si hay algún despistado que no los conozca, los clicks eran (Aunque se siguen fabricando, permítanme la descripción en pasado, ya que pertenece a mis recuerdos) unos muñecos pequeños, sin codos ni rodillas, cuyos miembros, incluida cabeza, eran fácilmente amputables. Tenían unas manos en postura pretenciosamente onanista, útiles sin embargo para acoplarles perfectamente desde pistolas, altavoces de policía, espadas, cubos de basura, herramientas de trabajo y, en general, cualquier instrumento de reconocida utilidad.  Además, abarcaban todos los ámbitos sociales: Había indios, vaqueros, albañiles, inquisidores, caballeros templarios, ejecutivos, piratas, mendigos, burgueses, funcionaros públicos. 

De tal guisa, mis horas de juego consistían en que un galeón pirata comandado por un ejército de bomberos abordaba la calle principal de un poblado vaquero (con saloon incluido) donde el sheriff era un caballero medieval armado con lanza de justa. Mientras, en el castillo medieval (habitado, por supuesto por los piratas que me sobraban) y defendido por policías de asalto apostados en las almenas eran sitiados por coches de bomberos y ambulancias. Pura posmodernidad, vaya. 

En aquellos primeros juegos también coseché mis primeros fracasos. De nada sirvió extirparle a un Renault cinco del scalextric, el motor y las ruedas y adherirlas al barco pirata para que surcara el pasillo con más fluidez. Tampoco conseguí automatizar el muelle que disparaba el cañón del barco. Dos años más tarde vendría mi cargador de pilas solar, compuesto por una caja metálica, un imán (no recuerdo qué lógica usé para incluirlo) y un par de cables. Y en el olvido quedó mi diseño de un robot de madera. Y lo peor, lo que me va en ello, es que como treinta años no es nada aquella forma de jugar en mi niñez se fue convirtiendo en costumbre.

Hanks Beck murió la semana pasada. Reconozco que desconocía su existencia hasta la aparición de la noticia. Jamás me había preguntado quién se encontraba detrás de uno de los principales juguetes de mi niñez. Su imaginación, su éxito (además de icono para millones de niños, hoy en día sigue siendo líder en ventas) y  la crisis del petróleo me proporcionó, además de horas de imaginación, mis primeros e imprescindibles fracasos. Justo hasta hoy, hasta una nueva crisis. ¿Jugamos?...</p>]]></content:encoded>
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                <item>
            <title>Protestas, protestas, protestas</title>
            <link>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=7</link>
            <pubDate>17 Dec 2008 06:01:32 pm GMT +1</pubDate>
            <category>Diario</category>
            <guid>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=7</guid>
            <description>[imgl]http://www.economiadeletras.com/imagenes/zapatos.jpg[/imgl] El señor Bush ha demostrado por fin que su condición de auténtico pistolero tejano servía para algo: Su rapidez y reflejos le evitaron hace un par de días la despedida más humillante que haya tenido un presidente en la historia de los EEUU. ¿La rebaja de tipos de la reserva federal al 0%? No, claro que no. Hablo de los famosos zapatos. Que hayan sido precisamente unos zapatos lo que le arrojaran a Bush y no cualquier otra cosa no es asunto baladí. El zapato en la cultura árabe, como en  muchas otras, es la prenda más sucia, la que permanece en contacto continuo con las impurezas terrenales; de ahí que sea obligatorio descalzarse al entrar en casas o en lugares religiosos. Qué cosas: Seguro que si les digo que imaginen al Sr. Bush recostado en el despacho oval, con sus botas puntiagudas con espuelas encima de la mesa presidencial, a todos se les haría verosímil la imagen. Pues eso.

Mientras tanto, estos días aquí en España, unos cuantos también protestan. Protestan al gobierno de Zapatero porque este fin de semana ha nevado. De nada sirvieron los avisos durante toda la semana anterior de que no se viajara si no era imprescindible y que, en caso de que lo fuera, los automovilistas se ataviaran con el necesario juego de cadenas. Qué agoreros y pesados son estas autoridades, dijeron, y se lanzaron en masa a las carreteras de montaña. Sin cadenas, por supuesto. Y ahora, claro, viene la pataleta y la exigencia al gobierno para que se les paguen los daños y perjuicios que acarreó su propia irresponsabilidad. 

Y es que la responsabilidad no es plato de buen gusto en esta sociedad del bienestar. El ciudadano que paga impuestos considera que tiene derecho a hacer lo que le venga en gana, aunque haya sido prevenido. Y en caso de que la cosa salga mal, el estado debe estar disponible y a su servicio para cuando caiga.

 Pongamos un ejemplo: A estas alturas todo el mundo debería estar prevenido de que nadie vende duros a pesetas, ¿Verdad? Pues no. Ahí tenemos el último caso, el de Bernard Madoff, ese tipo norteamericano que ha dejado la patriótica picaresca española, liderada en los últimos años por gente como Antonio Camacho (caso Gescartera), a la altura del tocomocho de Tony Leblanc en Los Tramposos, aquella inolvidable película de Ozores. 

Lo que Madoff ha demostrado es que la capacidad de dejarse estafar no guarda relación con el conocimiento de los mercados o el nivel cultural. La codicia es algo universal, que trasciende categorías. Madoff ha estafado a empresarios millonarios y a empresas financieras de primera línea con el truco más viejo del mundo: Vender duros a pesetas. En economía hay una máxima: Ganancia y riesgo van inevitablemente de la mano. Sin embargo, hay quien todavía se deja convencer ante las promesas de altas rentabilidades “garantizadas”, es decir sin riesgo ninguno. 

Mientras los inversores de Madoff recibían sus magras rentabilidades, financiadas únicamente con el dinero invertido por los nuevos pardillos, a ninguno se le ocurrió preguntar qué tipo de alquimista se escondía detrás de aquello, en qué piedra filosofal se invertía su dinero. Pero cuando la cosa se descubre, ¡Ah, amigos!, entonces se mira al gobierno, se protesta, se le pide explicaciones y se exige además que se les restituya su codicia. 

Es el mismo caso que vivimos hace algunos años en España, con Afinsa y Forum filatélico. Yo conocí a algunos inversores que se vanagloriaban de lo listos que eran, te miraban por encima del hombro por obtener inversiones “garantizadas”  superiores a cualquier media del mercado. Y no entendían cómo tú no les imitabas, por qué no te subías a su selecto carro. Pero cuando la cosa se torció salieron a la calle a protestar. Por aquel entonces, recuerdo, mi cabreo fue mayúsculo. Desde mi posición me erigí en voz activa exigiendo al gobierno que no pagara con mis impuestos la codicia de aquellos tipos que hasta hacía dos días eran mucho más listos que yo y que ahora se presentaban a la sociedad como indefensas gallinas desplumadas. Pero en realidad, lo único que exigían era irse de rositas, con todo el dinero invertido devuelto y la escandalosa rentabilidad ganada en los años anteriores bajo el brazo. Nada se habló de que pagaran su irresponsabilidad. Aquella vez, el gobierno cedió y, desde mi punto de vista, hizo un flaco favor a los principios morales y equitativos, a las reglas de riesgo-beneficio en los que se basa el libre mercado. 

Esos que protestaron entonces, son los mismos que han salido este fin de semana sin cadenas a cruzar puertos nevados. Son los mismos que son tan listos como para creer que alguien vende duros a pesetas, los mismos que llegan a casa y se recuestan satisfechos poniendo sus botas encima de la mesa. Como Bush tampoco saben de dónde les vendrá el zapatazo, pero qué mas da. Siempre habrá una señora de la limpieza llamada gobierno, dispuestos a dejarles de nuevo la mesa como los chorros del oro. Yo, mientras tanto, también me dispongo a protestar. De hecho, ya me he descalzado: Aviso a navegantes.</description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>[imgl]http://www.economiadeletras.com/imagenes/zapatos.jpg[/imgl] El señor Bush ha demostrado por fin que su condición de auténtico pistolero tejano servía para algo: Su rapidez y reflejos le evitaron hace un par de días la despedida más humillante que haya tenido un presidente en la historia de los EEUU. ¿La rebaja de tipos de la reserva federal al 0%? No, claro que no. Hablo de los famosos zapatos. Que hayan sido precisamente unos zapatos lo que le arrojaran a Bush y no cualquier otra cosa no es asunto baladí. El zapato en la cultura árabe, como en  muchas otras, es la prenda más sucia, la que permanece en contacto continuo con las impurezas terrenales; de ahí que sea obligatorio descalzarse al entrar en casas o en lugares religiosos. Qué cosas: Seguro que si les digo que imaginen al Sr. Bush recostado en el despacho oval, con sus botas puntiagudas con espuelas encima de la mesa presidencial, a todos se les haría verosímil la imagen. Pues eso.

Mientras tanto, estos días aquí en España, unos cuantos también protestan. Protestan al gobierno de Zapatero porque este fin de semana ha nevado. De nada sirvieron los avisos durante toda la semana anterior de que no se viajara si no era imprescindible y que, en caso de que lo fuera, los automovilistas se ataviaran con el necesario juego de cadenas. Qué agoreros y pesados son estas autoridades, dijeron, y se lanzaron en masa a las carreteras de montaña. Sin cadenas, por supuesto. Y ahora, claro, viene la pataleta y la exigencia al gobierno para que se les paguen los daños y perjuicios que acarreó su propia irresponsabilidad. 

Y es que la responsabilidad no es plato de buen gusto en esta sociedad del bienestar. El ciudadano que paga impuestos considera que tiene derecho a hacer lo que le venga en gana, aunque haya sido prevenido. Y en caso de que la cosa salga mal, el estado debe estar disponible y a su servicio para cuando caiga.

 Pongamos un ejemplo: A estas alturas todo el mundo debería estar prevenido de que nadie vende duros a pesetas, ¿Verdad? Pues no. Ahí tenemos el último caso, el de Bernard Madoff, ese tipo norteamericano que ha dejado la patriótica picaresca española, liderada en los últimos años por gente como Antonio Camacho (caso Gescartera), a la altura del tocomocho de Tony Leblanc en Los Tramposos, aquella inolvidable película de Ozores. 

Lo que Madoff ha demostrado es que la capacidad de dejarse estafar no guarda relación con el conocimiento de los mercados o el nivel cultural. La codicia es algo universal, que trasciende categorías. Madoff ha estafado a empresarios millonarios y a empresas financieras de primera línea con el truco más viejo del mundo: Vender duros a pesetas. En economía hay una máxima: Ganancia y riesgo van inevitablemente de la mano. Sin embargo, hay quien todavía se deja convencer ante las promesas de altas rentabilidades “garantizadas”, es decir sin riesgo ninguno. 

Mientras los inversores de Madoff recibían sus magras rentabilidades, financiadas únicamente con el dinero invertido por los nuevos pardillos, a ninguno se le ocurrió preguntar qué tipo de alquimista se escondía detrás de aquello, en qué piedra filosofal se invertía su dinero. Pero cuando la cosa se descubre, ¡Ah, amigos!, entonces se mira al gobierno, se protesta, se le pide explicaciones y se exige además que se les restituya su codicia. 

Es el mismo caso que vivimos hace algunos años en España, con Afinsa y Forum filatélico. Yo conocí a algunos inversores que se vanagloriaban de lo listos que eran, te miraban por encima del hombro por obtener inversiones “garantizadas”  superiores a cualquier media del mercado. Y no entendían cómo tú no les imitabas, por qué no te subías a su selecto carro. Pero cuando la cosa se torció salieron a la calle a protestar. Por aquel entonces, recuerdo, mi cabreo fue mayúsculo. Desde mi posición me erigí en voz activa exigiendo al gobierno que no pagara con mis impuestos la codicia de aquellos tipos que hasta hacía dos días eran mucho más listos que yo y que ahora se presentaban a la sociedad como indefensas gallinas desplumadas. Pero en realidad, lo único que exigían era irse de rositas, con todo el dinero invertido devuelto y la escandalosa rentabilidad ganada en los años anteriores bajo el brazo. Nada se habló de que pagaran su irresponsabilidad. Aquella vez, el gobierno cedió y, desde mi punto de vista, hizo un flaco favor a los principios morales y equitativos, a las reglas de riesgo-beneficio en los que se basa el libre mercado. 

Esos que protestaron entonces, son los mismos que han salido este fin de semana sin cadenas a cruzar puertos nevados. Son los mismos que son tan listos como para creer que alguien vende duros a pesetas, los mismos que llegan a casa y se recuestan satisfechos poniendo sus botas encima de la mesa. Como Bush tampoco saben de dónde les vendrá el zapatazo, pero qué mas da. Siempre habrá una señora de la limpieza llamada gobierno, dispuestos a dejarles de nuevo la mesa como los chorros del oro. Yo, mientras tanto, también me dispongo a protestar. De hecho, ya me he descalzado: Aviso a navegantes....</p>]]></content:encoded>
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                <item>
            <title>El arte de hacer dinero sin dinero</title>
            <link>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=6</link>
            <pubDate>26 Nov 2008 05:29:24 pm GMT +1</pubDate>
            <category>Opinión</category>
            <guid>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=6</guid>
            <description>[imgl]http://economiadeletras.com/imagenes/magia.jpg[/imgl]Los que me conozcan sabrán que no soy demasiado aficionado a banderas ni a himnos nacionales. Por eso me preocupa más bien poco si el 29,9% de Repsol se vende a una compañía rusa, francesa o de Chiquitistán. A quien ve la operación como una bajada de lanzas, como otra Cuba perdida, ¿Recuerdas cuando en el sector energético español no se ponía el sol?, conviene recordarle que Repsol es una compañía privada y, como tal, pertenece a sus accionistas. Sobre ellos debería recaer la decisión. Ya, argumentan algunos, pero es que estamos hablando de un sector estratégico. Bien. Si se tratara realmente de un sector estratégico, Repsol debería haber sido siempre una empresa pública, no debería haber buscado nunca financiación en bolsa (donde cualquier enemigo de la patria puede hacerse siempre con un paquete de acciones singular). Pero España no se caracteriza precisamente por sus pozos de petróleo o de gas, ni Repsol ha servido nunca como regulador de precios en épocas inflacionistas ni como instrumento estatal de ningún tipo. De estratégico, nada. Su objetivo, como tantas otras compañías privadas, consiste en sobrevivir y enriquecer por el camino a sus accionistas. Si de verdad se trataba de un sector estratégico, que lo hubieran pensado antes.

El debate de rancio patriotismo, como les digo, no me preocupa lo más mínimo. Lo relevante de esta operación reside en la génesis misma y en sus formas. Para explicarlo haré un poco de historia: En el año 2006, Sacyr decide invertir 5.175 millones de euros en adquirir el 20% de la compañía Repsol. No voy a entrar en las razones que llevan a una promotora inmobiliaria, que se supone se dedica a construir casas, a hacer un movimiento de esa índole. Ellos lo llamarían posicionamiento, estratégico también, o diversificación del riesgo de sus activos. Algo así, probablemente. especialmente si se tiene en cuenta que para realizar esa inversión no soltaron un duro, sino que financiaron la operación en su totalidad a través de un conjunto de banco. La operación la garantizaban las propias acciones. Sí, como lo oyen.

El asunto funciona de la siguiente manera: Supongamos que Vd. se ha encaprichado de cualquier activo de alta volatilidad (ni siquiera hablemos de un inmueble) que ese día vale, pongamos, 10. Como Vd. no tiene dinero, o lo tiene pero invertido en otros sitios muy lejanos, acude al banco, quien le presta los 10 sin rechistar con el aval del propio activo. Si mañana, imaginemos, vale 15 todos contentos: Vd. habrá ganado 5, menos los intereses correspondientes del préstamo, que supondrá a su vez la ganancia del banco. Pero si resulta que pasado el activo baja su valor a 5, no se preocupe, que tampoco habrá perdido nada. Le bastará con acudir de nuevo al banco y decir que ya no lo quiere y que no puede pagar la deuda. Como el activo garantizaba la operación, el banco se queda con el activo que ahora vale 5 y con la deuda de 10. Se vuelve a casa tan tranquilo, la operación le habrá costado tan sólo los intereses del tiempo transcurrido. El problema, en todo caso, será ahora del banco. 

Este tipo de operaciones, inalcanzables sin embargo para cualquier mortal que quisiera hipotecar un piso, han sido más comunes en los años de bonanza, especialmente entre el sector promotor, y de alguna forma son ejemplarizantes a la hora de explicar parte del problema financiero actual. A nadie se le ocurrió pensar que esos activos podían valer mañana 5 y no 15. Las promotoras, con la connivencia de bancos y cajas, financiaron suelos y viviendas con el único aval de la confianza, de que todo lo construido se iba a vender por la simple razón de que la anterior promoción se había vendido. Se le dio la vuelta al rezo, de repente se convirtió en “rentabilidades pasadas aseguran rentabilidades futuras”. Se hacía dinero sin poner dinero, se miraba a otro lado si se hablaba de cuestiones tan básicas como la ley de la oferta y la demanda, el valor, o el riesgo. Pero un buen día ha pasado lo que viene pasando históricamente, y los unos y los otros se han visto sorprendidos y entrampados en su propia codicia. ¿Recuerdan el mensaje con que a los políticos se les llenaba la boca?: Crecimiento sostenible, decían. Se renunciaba así a años de historia económica cíclica. Se caía de nuevo en el error. El crecimiento sostenible fue entendido como enriquecimiento ilimitado.

Pero eso es el pasado. Lo que está ahora en juego con la venta de Repsol es la reacción del sistema financiero ante los errores cometidos. Lukoil, la compañía rusa, pretende hacer el mismo movimiento que en su día Sacyr. Asumir la deuda de 5.175 millones de euros que tiene la inmobiliaria con los bancos por el 29,9% del capital de Repsol (más del 20% que tenía Sacyr, puesto que las acciones valen menos). Lukoil también exige que la garantía del préstamo sean las acciones. Pretende guardarse las espaldas y asegurar su salida, si siguen viniendo mal dadas, sin coste alguno. Los bancos piden, ahora sí, elevar las garantías. Ahí está el escollo que está dificultando la operación. Aunque es una política de mínimos resulta alentador. Pero no las tengo todas conmigo. La posición del gobierno no debería residir en si se vende o no una compañía española a los rusos, sino en las garantías que estos ofrezcan y en las responsabilidades que asuman. En cuestiones de economía, como en cualquier ámbito de la vida, uno se obliga con responsabilidades. El riesgo forma parte de cualquier juego. Pero la responsabilidad es también un valor a la baja; me consta. Aún así, de eso estamos hablando y no de falso patriotismo. Lo que pase finalmente, está por ver.</description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>[imgl]http://economiadeletras.com/imagenes/magia.jpg[/imgl]Los que me conozcan sabrán que no soy demasiado aficionado a banderas ni a himnos nacionales. Por eso me preocupa más bien poco si el 29,9% de Repsol se vende a una compañía rusa, francesa o de Chiquitistán. A quien ve la operación como una bajada de lanzas, como otra Cuba perdida, ¿Recuerdas cuando en el sector energético español no se ponía el sol?, conviene recordarle que Repsol es una compañía privada y, como tal, pertenece a sus accionistas. Sobre ellos debería recaer la decisión. Ya, argumentan algunos, pero es que estamos hablando de un sector estratégico. Bien. Si se tratara realmente de un sector estratégico, Repsol debería haber sido siempre una empresa pública, no debería haber buscado nunca financiación en bolsa (donde cualquier enemigo de la patria puede hacerse siempre con un paquete de acciones singular). Pero España no se caracteriza precisamente por sus pozos de petróleo o de gas, ni Repsol ha servido nunca como regulador de precios en épocas inflacionistas ni como instrumento estatal de ningún tipo. De estratégico, nada. Su objetivo, como tantas otras compañías privadas, consiste en sobrevivir y enriquecer por el camino a sus accionistas. Si de verdad se trataba de un sector estratégico, que lo hubieran pensado antes.

El debate de rancio patriotismo, como les digo, no me preocupa lo más mínimo. Lo relevante de esta operación reside en la génesis misma y en sus formas. Para explicarlo haré un poco de historia: En el año 2006, Sacyr decide invertir 5.175 millones de euros en adquirir el 20% de la compañía Repsol. No voy a entrar en las razones que llevan a una promotora inmobiliaria, que se supone se dedica a construir casas, a hacer un movimiento de esa índole. Ellos lo llamarían posicionamiento, estratégico también, o diversificación del riesgo de sus activos. Algo así, probablemente. especialmente si se tiene en cuenta que para realizar esa inversión no soltaron un duro, sino que financiaron la operación en su totalidad a través de un conjunto de banco. La operación la garantizaban las propias acciones. Sí, como lo oyen.

El asunto funciona de la siguiente manera: Supongamos que Vd. se ha encaprichado de cualquier activo de alta volatilidad (ni siquiera hablemos de un inmueble) que ese día vale, pongamos, 10. Como Vd. no tiene dinero, o lo tiene pero invertido en otros sitios muy lejanos, acude al banco, quien le presta los 10 sin rechistar con el aval del propio activo. Si mañana, imaginemos, vale 15 todos contentos: Vd. habrá ganado 5, menos los intereses correspondientes del préstamo, que supondrá a su vez la ganancia del banco. Pero si resulta que pasado el activo baja su valor a 5, no se preocupe, que tampoco habrá perdido nada. Le bastará con acudir de nuevo al banco y decir que ya no lo quiere y que no puede pagar la deuda. Como el activo garantizaba la operación, el banco se queda con el activo que ahora vale 5 y con la deuda de 10. Se vuelve a casa tan tranquilo, la operación le habrá costado tan sólo los intereses del tiempo transcurrido. El problema, en todo caso, será ahora del banco. 

Este tipo de operaciones, inalcanzables sin embargo para cualquier mortal que quisiera hipotecar un piso, han sido más comunes en los años de bonanza, especialmente entre el sector promotor, y de alguna forma son ejemplarizantes a la hora de explicar parte del problema financiero actual. A nadie se le ocurrió pensar que esos activos podían valer mañana 5 y no 15. Las promotoras, con la connivencia de bancos y cajas, financiaron suelos y viviendas con el único aval de la confianza, de que todo lo construido se iba a vender por la simple razón de que la anterior promoción se había vendido. Se le dio la vuelta al rezo, de repente se convirtió en “rentabilidades pasadas aseguran rentabilidades futuras”. Se hacía dinero sin poner dinero, se miraba a otro lado si se hablaba de cuestiones tan básicas como la ley de la oferta y la demanda, el valor, o el riesgo. Pero un buen día ha pasado lo que viene pasando históricamente, y los unos y los otros se han visto sorprendidos y entrampados en su propia codicia. ¿Recuerdan el mensaje con que a los políticos se les llenaba la boca?: Crecimiento sostenible, decían. Se renunciaba así a años de historia económica cíclica. Se caía de nuevo en el error. El crecimiento sostenible fue entendido como enriquecimiento ilimitado.

Pero eso es el pasado. Lo que está ahora en juego con la venta de Repsol es la reacción del sistema financiero ante los errores cometidos. Lukoil, la compañía rusa, pretende hacer el mismo movimiento que en su día Sacyr. Asumir la deuda de 5.175 millones de euros que tiene la inmobiliaria con los bancos por el 29,9% del capital de Repsol (más del 20% que tenía Sacyr, puesto que las acciones valen menos). Lukoil también exige que la garantía del préstamo sean las acciones. Pretende guardarse las espaldas y asegurar su salida, si siguen viniendo mal dadas, sin coste alguno. Los bancos piden, ahora sí, elevar las garantías. Ahí está el escollo que está dificultando la operación. Aunque es una política de mínimos resulta alentador. Pero no las tengo todas conmigo. La posición del gobierno no debería residir en si se vende o no una compañía española a los rusos, sino en las garantías que estos ofrezcan y en las responsabilidades que asuman. En cuestiones de economía, como en cualquier ámbito de la vida, uno se obliga con responsabilidades. El riesgo forma parte de cualquier juego. Pero la responsabilidad es también un valor a la baja; me consta. Aún así, de eso estamos hablando y no de falso patriotismo. Lo que pase finalmente, está por ver....</p>]]></content:encoded>
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                <item>
            <title>Obama, Zapatero y tijeras de podar</title>
            <link>http://www.economiadeletras.com/rss/index.php?mode=viewid&amp;post_id=5</link>
            <pubDate>12 Nov 2008 03:57:21 pm GMT +1</pubDate>
            <category>Opinión</category>
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            <description>[imgl]http://www.economiadeletras.com/imagenes/Olivas.jpg[/imgl]Se conoce como chupones a las ramas que nacen en las raíces y troncos de ciertos árboles. Los chupones consumen la savia principal del árbol, mermando su crecimiento y su fruto. 

Cuento esto porque este pasado fin de semana me he dado con denuedo a la economía real y lo he pasado cortando chupones a unos olivos que tengo; y coger las tijeras de podar y pensar en [b]Obama[/b] y [b]Zapatero[/b] ha sido todo uno. Los olivos de los que hablo llevaban más de ocho años completamente descuidados y su estado de abandono los había desfigurado completamente. Los troncos recios y de formas caprichosas quedaban ocultos tras su propia maleza hasta conferirle aspecto de arbusto muy alto. Algunos de estos chupones tenían incluso olivas, cosa de la que carecía el resto del árbol. El ejercicio ha sido fatigoso pero gratificante. Las agujetas que aún sufro se recompensan con la impresión de un árbol recuperado, rejuvenecido. Y lo más importante: Albergo la esperanza de una cosecha más fructífera en años venideros.

Los últimos ocho años de liberalismo a ultranza en EEUU han dejado un panorama similar al de mi olivar. Es cierto que las teorías neoliberales se han aplicado en EEUU sin descanso desde mediados de los años cuarenta del pasado siglo, pero quizás nunca con tanta desinhibición del estado como en la era [b]Bush[/b]. Poe eso, echar ahora toda la culpa del hundimiento económico que sufre EEUU a las subprimes (nombre, por otra parte, sospechosamente parecido al del legendario trío femenino negro de la Motown) es tan naif o hipócrita como culpar a MacDonalds del incremento de la obesidad en occidente. Es una explicación complaciente que sólo convence a los propios liberales.

A la lasitud en la regulación financiera en EEUU se le unen la de otros sectores (mencionemos simplemente a ENRON como ejemplo más notorio), la despreocupación total por el déficit público (400.000 millones de dólares en el último año fiscal) a pesar del nulo gasto en materia social, un cambio en la paridad con respecto al euro que no se ha sabido aprovechar; y por no hablar de la política exterior que todos conocemos.
Ahora entra Obama en juego y los agentes económicos internacionales aguardan expectantes sus movimientos. Todos los economistas de lustre, independientemente de su ideología, consideran necesaria una intervención estatal. Los neoliberales, que sin embargo no cejan, señalan que dicha intervención debe ceñirse a la solución de los que ellos han identificado como el problema: Las hipotecas basura. Ese chupón debe ser arrancado, dicen. Pero cuidado con otros, advierten, que dan buenos frutos. 

Sin embargo, hay otros que creemos que el actual frenazo de la economía  debería ser visto como una verdadera oportunidad de sanear un árbol al que el abandono ha debilitado, al que le han ido creciendo demasiadas chupones sobre su tronco y sus raíces como para deformarlo y mermar su productividad. Obama tiene por delante la oportunidad de coger las tijeras y cortar de raíz las ramas que le han crecido de forma aleatoria sangrando a las sanas y a las realmente importantes y productivas en beneficio propio.

Pero lo que haga Obama está por ver. Mientras tanto, en España tenemos un problema similar, aunque más identificado. Los chupones de nuestros olivos, más conocidos como promotores inmobiliarios, han crecido tanto estos últimos años que se consideran a sí mismos el tronco del árbol. Argumentan que son ellos los que dan los frutos y piden por tanto más riego y abono. Pero les aseguro que el fruto del chupón es siempre de peor calidad. Además, un exceso de chupones reparte tanto la limitada savia que puede acabar por matar al árbol y con él al propio chupón. Pero tampoco se puede convencer a un chupón mediante estos argumentos  (el chupón es lo que es), así que es una labor que le corresponde, mal que pese a los neoliberales, atajar al estado.

Tengo la impresión de que Zapatero tiene desde hace tiempo sus tijeras en la mano; mira el olivo mientras se rasca el cogote, dubitativo. En el fondo, y es lógico, tiene miedo de perder las olivas que dan estos nuevos troncos. Y es que han cogido tanta fuerza que el resto del árbol (cuyo tronco principal se ha perdido bajo estos matorrales) ha dejado de ser productivo: Así que no sabe por dónde empezar. De momento se limita a cortar ramas pequeñitas con la ayuda de Solbes, mientras levanta la cabeza constantemente hacia el olivar de Obama, ansioso de que este  tome posesión y ver qué hace entonces.

Veremos si se atreven, porque es un trabajo farragoso e ingrato: los chupones se enredan entre sí, pinchan y arañan cuando te acercas, y los más gordos, al ser cortados, pueden caerte incluso sobre la cabeza y lastimarte. Y lo que es peor: los beneficios de un árbol saneado tardan tiempo en reflejarse (a veces demasiado para la vida útil de un político).

Desde mi experiencia, sólo les puedo dar un consejo a ambos: Si de verdad quieren hacer las cosas bien, no les va a bastar con unas tijeras; que se armen de una buena moto sierra.</description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>[imgl]http://www.economiadeletras.com/imagenes/Olivas.jpg[/imgl]Se conoce como chupones a las ramas que nacen en las raíces y troncos de ciertos árboles. Los chupones consumen la savia principal del árbol, mermando su crecimiento y su fruto. 

Cuento esto porque este pasado fin de semana me he dado con denuedo a la economía real y lo he pasado cortando chupones a unos olivos que tengo; y coger las tijeras de podar y pensar en [b]Obama[/b] y [b]Zapatero[/b] ha sido todo uno. Los olivos de los que hablo llevaban más de ocho años completamente descuidados y su estado de abandono los había desfigurado completamente. Los troncos recios y de formas caprichosas quedaban ocultos tras su propia maleza hasta conferirle aspecto de arbusto muy alto. Algunos de estos chupones tenían incluso olivas, cosa de la que carecía el resto del árbol. El ejercicio ha sido fatigoso pero gratificante. Las agujetas que aún sufro se recompensan con la impresión de un árbol recuperado, rejuvenecido. Y lo más importante: Albergo la esperanza de una cosecha más fructífera en años venideros.

Los últimos ocho años de liberalismo a ultranza en EEUU han dejado un panorama similar al de mi olivar. Es cierto que las teorías neoliberales se han aplicado en EEUU sin descanso desde mediados de los años cuarenta del pasado siglo, pero quizás nunca con tanta desinhibición del estado como en la era [b]Bush[/b]. Poe eso, echar ahora toda la culpa del hundimiento económico que sufre EEUU a las subprimes (nombre, por otra parte, sospechosamente parecido al del legendario trío femenino negro de la Motown) es tan naif o hipócrita como culpar a MacDonalds del incremento de la obesidad en occidente. Es una explicación complaciente que sólo convence a los propios liberales.

A la lasitud en la regulación financiera en EEUU se le unen la de otros sectores (mencionemos simplemente a ENRON como ejemplo más notorio), la despreocupación total por el déficit público (400.000 millones de dólares en el último año fiscal) a pesar del nulo gasto en materia social, un cambio en la paridad con respecto al euro que no se ha sabido aprovechar; y por no hablar de la política exterior que todos conocemos.
Ahora entra Obama en juego y los agentes económicos internacionales aguardan expectantes sus movimientos. Todos los economistas de lustre, independientemente de su ideología, consideran necesaria una intervención estatal. Los neoliberales, que sin embargo no cejan, señalan que dicha intervención debe ceñirse a la solución de los que ellos han identificado como el problema: Las hipotecas basura. Ese chupón debe ser arrancado, dicen. Pero cuidado con otros, advierten, que dan buenos frutos. 

Sin embargo, hay otros que creemos que el actual frenazo de la economía  debería ser visto como una verdadera oportunidad de sanear un árbol al que el abandono ha debilitado, al que le han ido creciendo demasiadas chupones sobre su tronco y sus raíces como para deformarlo y mermar su productividad. Obama tiene por delante la oportunidad de coger las tijeras y cortar de raíz las ramas que le han crecido de forma aleatoria sangrando a las sanas y a las realmente importantes y productivas en beneficio propio.

Pero lo que haga Obama está por ver. Mientras tanto, en España tenemos un problema similar, aunque más identificado. Los chupones de nuestros olivos, más conocidos como promotores inmobiliarios, han crecido tanto estos últimos años que se consideran a sí mismos el tronco del árbol. Argumentan que son ellos los que dan los frutos y piden por tanto más riego y abono. Pero les aseguro que el fruto del chupón es siempre de peor calidad. Además, un exceso de chupones reparte tanto la limitada savia que puede acabar por matar al árbol y con él al propio chupón. Pero tampoco se puede convencer a un chupón mediante estos argumentos  (el chupón es lo que es), así que es una labor que le corresponde, mal que pese a los neoliberales, atajar al estado.

Tengo la impresión de que Zapatero tiene desde hace tiempo sus tijeras en la mano; mira el olivo mientras se rasca el cogote, dubitativo. En el fondo, y es lógico, tiene miedo de perder las olivas que dan estos nuevos troncos. Y es que han cogido tanta fuerza que el resto del árbol (cuyo tronco principal se ha perdido bajo estos matorrales) ha dejado de ser productivo: Así que no sabe por dónde empezar. De momento se limita a cortar ramas pequeñitas con la ayuda de Solbes, mientras levanta la cabeza constantemente hacia el olivar de Obama, ansioso de que este  tome posesión y ver qué hace entonces.

Veremos si se atreven, porque es un trabajo farragoso e ingrato: los chupones se enredan entre sí, pinchan y arañan cuando te acercas, y los más gordos, al ser cortados, pueden caerte incluso sobre la cabeza y lastimarte. Y lo que es peor: los beneficios de un árbol saneado tardan tiempo en reflejarse (a veces demasiado para la vida útil de un político).

Desde mi experiencia, sólo les puedo dar un consejo a ambos: Si de verdad quieren hacer las cosas bien, no les va a bastar con unas tijeras; que se armen de una buena moto sierra....</p>]]></content:encoded>
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                <item>
            <title>Buenos tiempos</title>
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            <pubDate>30 Oct 2008 06:15:09 pm GMT +1</pubDate>
            <category>Opinión</category>
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            <description>[imgl]http://economiadeletras.com/imagenes/brindis2.jpg[/imgl]  Al menos, para los economistas. Durante  años, los de nuestra calaña nos habíamos habituado a permanecer ocultos en nuestras madrigueras, a esconder nuestro rostro tras un ordenador, a encogernos de hombros y fingir en las reuniones,y a acreditar, cuando hemos sido descubiertos,  la inutilidad y nula vocación de nuestros estudios. 

—Pues yo soy médico.
—No me digas. Yo, ingeniero de caminos, ¿Y tú?
—Bueno…yo… trabajo en un banco.
—…

El silencio recorría la conversación, las miradas caían al suelo y la situación exigía una disculpa inmediata que, lejos de enterrar  la sospecha, certificaba nuestra incapacidad y fracaso social.

—No es culpa mía, entendedlo. A mí lo que realmente me gustaba era la arquitectura.

“El que vale, vale; y el que no a empresariales” ha sido chanza continuada desde los años de la facultad. Sin embargo, la situación ha cambiado. La mal llamada crisis ha sacado a los economistas de sus escondrijos: Hoy frecuentan a todas horas programas televisivos de audiencia, se les cede un asiento en los cafés, se les invita a escribir en los periódicos; incluso, a hacer blogs.

—Os pasa como a los médicos; solo se acuerdan de nosotros cuando llega la enfermedad.
—¿Ahora te pones condescendiente? Aparta esa mano de mi hombro.

En los bares se sigue la evolución del mercado interbancario con el mismo fervor que la Champion League, y el tabernero esconde bajo la barra un ejemplar de El Expansión mientras asegura a los parroquianos que el Banco Central Europeo debería bajar los tipos de interés. Y lo hace con la misma convicción con la que ayer insultaba a Schuster por no sustituir a Raúl. 

Pero la realidad es que pocos asuntos tienen en nuestra vida presencia tan manifiesta como la economía. Trabajamos porque queremos cosas. Se nos paga,  y continuamente estamos obligados a tomar decisiones con respecto al dinero: Ahorrar, gastar, invertir...Toca votar y los políticos nos hablan de déficit público, inflación, comercio exterior, impuestos, balanza de pagos, y se nos conmina a decidir, bajo amenaza de nuestros empleos, con unos supuestos la mayoría de las veces dicotómicos: “La inflación es mala”; “el déficit público es malo, pero el comercio exterior es bueno…”. Y, sin embargo, ¿Es eso siempre cierto? ¿Es, por ejemplo, siempre mala la inflación? 

—La inflación es como la fiebre. Además, quería aprovechar para decir que la economía es como la medicina: las enfermedades se gestan en periodo de salud.
—Sí, vale, déjalo. Mira: un paciente. Por allí. Corre, que se escapa.

Es cierto que la economía dista mucho de ser una ciencia exacta. Impregnada de relativismo, se acerca más a la filosofía o a las teorías del caos: Cualquier decisión sobre política económica deviene en efectos absolutamente imprevisibles. Reconozcámoslo: El economista es un tipo que juega a hacer quinielas. Sin embargo, eso no quita que los fundamentos económicos principales sigan hoy vigentes, y que de alguna forma sea útil su conocimiento a la hora de tomar nuestras pequeñas decisiones diarias y de comprender algo mejor la realidad que nos rodea. Por qué las cosas pasan de esta manera y no de otra.

[b]Economía de letras[/b] nace con ese humilde propósito: Desmenuzar la economía, la actualidad y sus fundamentos, ofrecer cierto punto de vista sobre esas decisiones que sobrevuelan sobre nuestras cabezas de una forma didáctica y entretenida: Ya veremos cómo sale. De momento, [b]sed bienvenidos[/b].

—Por cierto, ¿Dónde se ha metido el ingeniero de caminos?
—¿Quién?
—El del principio.
—Tenía que ir a sellar la cartilla del INEM.
—Ya me parecía a mí.</description>
            <content:encoded><![CDATA[<p>[imgl]http://economiadeletras.com/imagenes/brindis2.jpg[/imgl]  Al menos, para los economistas. Durante  años, los de nuestra calaña nos habíamos habituado a permanecer ocultos en nuestras madrigueras, a esconder nuestro rostro tras un ordenador, a encogernos de hombros y fingir en las reuniones,y a acreditar, cuando hemos sido descubiertos,  la inutilidad y nula vocación de nuestros estudios. 

—Pues yo soy médico.
—No me digas. Yo, ingeniero de caminos, ¿Y tú?
—Bueno…yo… trabajo en un banco.
—…

El silencio recorría la conversación, las miradas caían al suelo y la situación exigía una disculpa inmediata que, lejos de enterrar  la sospecha, certificaba nuestra incapacidad y fracaso social.

—No es culpa mía, entendedlo. A mí lo que realmente me gustaba era la arquitectura.

“El que vale, vale; y el que no a empresariales” ha sido chanza continuada desde los años de la facultad. Sin embargo, la situación ha cambiado. La mal llamada crisis ha sacado a los economistas de sus escondrijos: Hoy frecuentan a todas horas programas televisivos de audiencia, se les cede un asiento en los cafés, se les invita a escribir en los periódicos; incluso, a hacer blogs.

—Os pasa como a los médicos; solo se acuerdan de nosotros cuando llega la enfermedad.
—¿Ahora te pones condescendiente? Aparta esa mano de mi hombro.

En los bares se sigue la evolución del mercado interbancario con el mismo fervor que la Champion League, y el tabernero esconde bajo la barra un ejemplar de El Expansión mientras asegura a los parroquianos que el Banco Central Europeo debería bajar los tipos de interés. Y lo hace con la misma convicción con la que ayer insultaba a Schuster por no sustituir a Raúl. 

Pero la realidad es que pocos asuntos tienen en nuestra vida presencia tan manifiesta como la economía. Trabajamos porque queremos cosas. Se nos paga,  y continuamente estamos obligados a tomar decisiones con respecto al dinero: Ahorrar, gastar, invertir...Toca votar y los políticos nos hablan de déficit público, inflación, comercio exterior, impuestos, balanza de pagos, y se nos conmina a decidir, bajo amenaza de nuestros empleos, con unos supuestos la mayoría de las veces dicotómicos: “La inflación es mala”; “el déficit público es malo, pero el comercio exterior es bueno…”. Y, sin embargo, ¿Es eso siempre cierto? ¿Es, por ejemplo, siempre mala la inflación? 

—La inflación es como la fiebre. Además, quería aprovechar para decir que la economía es como la medicina: las enfermedades se gestan en periodo de salud.
—Sí, vale, déjalo. Mira: un paciente. Por allí. Corre, que se escapa.

Es cierto que la economía dista mucho de ser una ciencia exacta. Impregnada de relativismo, se acerca más a la filosofía o a las teorías del caos: Cualquier decisión sobre política económica deviene en efectos absolutamente imprevisibles. Reconozcámoslo: El economista es un tipo que juega a hacer quinielas. Sin embargo, eso no quita que los fundamentos económicos principales sigan hoy vigentes, y que de alguna forma sea útil su conocimiento a la hora de tomar nuestras pequeñas decisiones diarias y de comprender algo mejor la realidad que nos rodea. Por qué las cosas pasan de esta manera y no de otra.

[b]Economía de letras[/b] nace con ese humilde propósito: Desmenuzar la economía, la actualidad y sus fundamentos, ofrecer cierto punto de vista sobre esas decisiones que sobrevuelan sobre nuestras cabezas de una forma didáctica y entretenida: Ya veremos cómo sale. De momento, [b]sed bienvenidos[/b].

—Por cierto, ¿Dónde se ha metido el ingeniero de caminos?
—¿Quién?
—El del principio.
—Tenía que ir a sellar la cartilla del INEM.
—Ya me parecía a mí....</p>]]></content:encoded>
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